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APUNTES DE GEOGRAFÍA ECONÓMICA: El mito de la innovación laboriosa

Por: Mauricio Yennerich

Si a mediados de los años ´90, usted hubiese vivido en la ciudad de Santa Fe, habría notado manifestaciones recurrentes del sector comercial referidas a una caída de las ventas, el avance del menudeo en negro y una reverberación de la informalidad, en todos los ámbitos en los que ésta puede prosperar: comercio, servicio, comunicación, etcétera. En síntesis, hubiese notado una agudización de los síntomas de la decadencia de la clase media patrimonial, proceso que se inició a mediados de los ´70 con la implantación del modelo aperturista de la Dictadura.

Si en el mismo momento usted hubiera vivido en Rafaela, hubiera notado un crecimiento de la actividad comercial, vinculada, por carácter transitivo, al incremento de la producción industrial y un mayor empleo de los factores de producción, en definitiva, las expresiones de una causación virtuosa: mayor y mejor oferta educativa, calidad de los servicios, oportunidades, etcétera.

¿Cómo pueden comprenderse estas divergencias socio-espaciales? ¿Por qué, con apenas 100 kilómetros de distancia, ciudadanos de una misma República, tienen que vérselas con situaciones tan disímiles?

El sentido común racionalizó estas divergencias atribuyéndolas a cualidades personales de los habitantes, así, podía escucharse decir que en Santa Fe “son todos empleados públicos”, en cambio, en Rafaela “hay más empresarios, son más emprendedores, más laboriosos”. Conviene revisar esta idea, procurando exponer su naturaleza falaz, codificable bajo el rótulo de glocalización, es decir, de una situación de dislocamiento estructural, en la que selectivamente las virtudes y ventajas de la globalización, producen fracturas territoriales.

Probadamente, puede argumentarse que las diferentes escalas de la Administración Central del Estado Nacional y los Organismos Internacionales de crédito beneficiaron a Rafaela, no sólo con jugosos desembolsos, sino con asesoría, acompañamiento, provisión de información e insumos conceptuales, etcétera, es decir, bajo ciertos imperativos con un fuerte aire de familia con una política industrial, con las limitaciones que presenta un contexto nacional, caracterizado por la centralización y desmantelamiento de la Industria y el Estado, como fue el que produjo la administración de Menem, aspecto que fue ocultado sistemáticamente por el sentido común académico, que sólo tenía palabras de elogio para el “distrito industrial”.

En conclusión, para dotar de verosimilitud el discurso modernizador del neoliberalismo, hoy diríamos “para hacer creíble el relato”, los vicarios del Washington Consensus necesitaron tomar “muestras” que le permitieran decir que su política era un éxito y Rafaela fue elegida para integrar esa muestra. Ese costado virtuoso del neoliberalismo es angosto, del otro lado está el grueso del territorio nacional afectado por tales políticas. Es importante indicar esto, no sólo porque hace justicia con la gente de Esperanza, Santa Fe, San Jerónimo o Humboldt, que no tiene ni más ni menos actitud innovadora o emprendedora que la gente de Rafaela, sino por una cuestión puramente científica, ya que esta situación, que queremos creer ha sido superada, pone al descubierto la necesidad tratar las divergencias en el crecimiento económico como problemas de complejidad estructural, global y de escala.

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