14.9 C
Esperanza
miércoles, abril 14, 2021
Inicio Actualidad Desatormentándonos: el internacionalismo pacifista ante la ideología nacionalista y la liturgia patriótica

Desatormentándonos: el internacionalismo pacifista ante la ideología nacionalista y la liturgia patriótica

En disidencia con el calendario oficial
En torno al día en el que se conmemora a los Veteranos y a los Caídos en la guerra de Malvinas “en defensa de la patria”, el calendario oficial sugiere conocer los hechos históricos relacionados con este conflicto bélico e informar sobre la situación actual de las islas y sobre sus reclamos; no obstante considerar fundamentales estas recomendaciones, se ha optado por abordar la cuestión de la defensa de la Soberanía, desde otro punto de vista, priorizando la recuperación de una identidad política asociada al cuestionamiento de la violencia armada, mediante un breve repaso del posicionamiento original orgánico del Partido Socialista argentino ante la guerra, por un lado; la revisión de los registros del sentido escolar asociados a la cuestión de la territorialidad, por el otro; y un planteo genético del concepto de Patria para finalizar.
La guerra: ese “anacronismo” siempre actual
En efecto, el Socialismo Argentino, en adhesión a la II Internacional de 1889, se manifestó a favor del internacionalismo pacifista, en clara oposición al patriotismo militante de entonces, encarnado en la Liga Patriótica. Sobre estos posicionamientos nos informa el artículo Los Socialistas argentinos ante el conflicto Argentino-Chileno.
Formas y sentido del antimilitarismo en los orígenes del Partido Socialista en Argentina (1894-1902), escrito por Francisco Reyes y Natacha Bacolla. Este internacionalismo pacifista se fue fraguando en el marco de las circunstancias derivadas de los primeros litigios limítrofes entre Argentina y Chile. El manifiesto del PS de 1898 propugnó por la abolición de los ejércitos permanentes, en los cuales observó un instrumento de dominación de la “casta militar”.
Es importante indicar también que la visión que en las filas del socialismo se tuvo de las Fuerzas Armadas, se ha ido modificando sustancialmente a lo largo del Siglo XX, tal como se indica en El Socialismo Argentino y el desafío de la  democratización, texto escrito por Fernando Suárez, que forma parte de la obra colectiva Socialismo & Democracia. De cualquier modo, que la guerra, como
problemática social (y el fervor ancestral que la anima), no debería subestimarse, queda demostrado por su recurrencia histórica y porque, por ejemplo, Juan B. Justo, fundador de La Vanguardia y José Ingenieros, la consideraron, a principios del Siglo XX, “un anacronismo”… ¡Y todavía no habían ocurrido las dos Guerras Mundiales!
Asimismo, Justo, luego del desencanto de la revolución del Parque de 1890, buscó potenciar corrientes de opinión favorables a la idea de prescindir por completo del estamento militar, pero, a la vez, fue perfectamente consciente de lo inevitable de contar con instituciones de defensa.
El análisis sobre la contradicción histórica entre cooperación internacional y patriotismo y los detalles menores que éste último presenta a nivel local, quedarán para otra oportunidad, en este caso nos interesa observar en profundidad y sin fanatismos algunos aspectos ideológicos y antropológicos de los discursos que justifican la opción por las armas y el dar la vida por la patria, considerando, en primer lugar, un relevo del sentido común asociado a los saberes sobre el territorio y la Soberanía, producidos en las escuelas, tipificados como propios de una “ideología nacionalista belicosa”. Este es el aspecto ideológico del análisis, en el cual se deja constancia de que la mencionada ideología penetró en el sistema escolar, cuyas aulas y salones de actos son espacios de producción de sentido común e identidades, por excelencia. El sentido y la identidad común, son dos dimensiones centrales de la movilización social. Las escuelas, en ese sentido, fueron incubadoras de fervor patriótico. En términos estrictamente didácticos se señalan los inconvenientes inherentes al hecho de enseñar dimensiones territoriales como algo
dado, sin problematización alguna de significados, pues la reproducción acrítica de saberes se muestra siempre incapaz de cuestionar hegemonías y, en este caso, de disolver el estatus sagrado conferido, por la cultura dominante, a la Patria.
En segundo lugar se ofrecerá una muestra genética del morir por ella (pro patria mori), desde una perspectiva histórica y antropológica, que, al confrontarse con el sentido común, tiene pretensiones de ontología. En la modernidad temprana, la liturgia de los Estados territoriales emergentes, reclamaron para sí un credo sobre la
patria configurado en la interrelación del poder político con el poder eclesiástico, que contribuyó en la tarea de afirmar un tipo particular de estatalidad belicosa.
Breve deriva curricular de la ideología nacionalista
Como se indicó, por el lado de lo ideológico, y a la luz de los manuales, los conceptos territoriales, en la escuela, no han sido debidamente problematizados.
Raúl Rey Balmaceda, Federico Daus, Horacio Lorenzini, A. C. Rampa, Paulina Guarleri, es decir, la membresía estable de la autoría de los manuales de Geografía que han circulado durante gran parte del Siglo XX, transcriben lo dado sin atender al sentido, y con argumentos circulares. Es lo que informa el trabajo colectivo La  Argentina en el Escuela, La idea de Nación en los textos escolares, coordinado por Luis Alberto Romero.
De hecho, “el” tema de la Geografía escolar es el territorio del Estado. Este espacio curricular recibió la impronta de los discursos sobre el territorio argentino provenientes de ensayos históricos y sociológicos extranjeros, del saber estadístico y geológico y de los círculos diplomáticos y militares. “Los contenidos de Geografía
se convierten así en un lugar de encuentro de visiones sobre el territorio de la Nación Argentina de orígenes diversos y a veces indefinidos, que el discurso didáctico se ocupará de ordenar y canonizar como contenidos escolares de Geografía”, tal como puede leerse en La Argentina en la Escuela
Por su parte, la producción cartográfica circulante estuvo, desde sus orígenes, bajo estricta supervisión militar: las Islas Malvinas hicieron su aparición en los mapas nacionales en 1885, quedando inmersas en una literatura escolar que nunca distinguió lo público, de lo político, de lo estatal. Es más, el problema del Estado se abordó mediante una concepción del territorio nacional naturalizado, y aparece como un actor monolítico, que representa los intereses nacionales frente a los de otras naciones. Asimismo, en línea con la hipótesis de expansión territorial formulada en los años 40 por las Fuerzas Armadas, los textos escolares ofrecen una cartografía en la cual el territorio nacional aparece compuesto por una parte continental, una insular y otra antártica que es puramente axiomática.
El planteamiento de la Soberanía territorial adquiere un tono más bien providencial: no es la política la que dicta los lugares por donde debe correr el límite entre los estados, sino la naturaleza. Y las fronteras son presentadas como espacios de alta tensión, cuyos desplazamientos limítrofes se producen cuando un estado “inferior”, cede.
Escritos en un estilo abiertamente patriótico, los manuales informan que desde épocas tan remotas como la de la Conquista, ya existía algo que podríamos llamar territorio argentino. Estos manuales presentan dos versiones. Una amistosa, que resalta la actitud respetuosa de nuestro país hacia los acuerdos internacionales; y otra, que se impuso en los años 70, más belicosa. En éstos, los otros países son vistos como adversarios, como amenazas. A punto tal que Rey Balmaceda llega a atribuirle a Chile una “loca geografía”, debido a su angostura, con la cual explica, a su vez, las ansias expansionistas del país trasandino. Ambas versiones, no obstante presentar diferencias importantes, coinciden en que la causa de la decadencia de Argentina es la falta de patriotismo de las elites gobernantes.
En suma, los manuales escolares tributan con una enseñanza de la geografía autocentrada, ahistórica y algo autoritaria, que conjuga belicosidad, prejuicio racial y una concepción monolítica del Estado. Pero si bien el análisis de los textos escolares permite observar el enraizamiento ideológico del nacionalismo patriotero
en el sistema educativo, la pregunta acerca de: ¿Por qué la Patria puede reivindicarse como algo originario, un bien absoluto y sede de toda razón y justicia?
Requiere una valoración antropológica e histórica.
Genética del poder político de la Patria
Para comprender la función simbólica del concepto de patria es preciso tener en cuenta una dualidad esencial de la cultura occidental que separa lo sagrado y lo profano. Esta duplicación es analizada por Ernst Kantorowicz en su estudio de Teología Política medieval Los dos cuerpos del rey. En principio, entonces, «dad al César lo que es del César», significó «dad al poder (potestas), no a la persona, la persona no vale nada pero el poder es justo», tal como indican los textos del Anónimo Normando a los que recurrió el autor para iniciar su investigación sobre la racionalidad de las relaciones de poder. Y es que en los intercambios litúrgicos entre el dominio celestial y el terreno, está la clave con la cual se comprende el sacrificio
máximo ordenado por los discursos de poder elaborados por el alto clero y los juristas monárquicos, cuyas voluntades soberanas, se creía, estaban dirigidas por la razón, en tanto ratio regis et patriae, es decir, la razón de Estado, como veneración al poder absoluto de la razón legal.
El Amor Patriae se fue configurando en la transición de la Edad Media a la Modernidad temprana como la forma más elevada de la caridad, en una época en la que también hicieron su aparición las nociones de esfera pública del Estado, Soberanía territorial y Fiscalidad. De hecho, el Fisco, mediante procesos ideológicos en los cuales se interrelacionan litúrgicamente el poder político y el eclesiástico, se constituyó en un fin en sí mismo y en algo permanente y “se tornó como un sello de la Soberanía” tal como sugiere el clérigo y jurista Henry de Bracton. En general, en sus intentos de autoafirmación, los estados situaron su propia temporalidad al mismo
nivel que la eternidad de la Iglesia militante y, a medida que la sociedad en transición se complejizaba, desestructurándose las relaciones privadas feudo-vasalláticas, el centro de gravedad se desplazó a los colectivos gobernados.
Tuvieron lugar entonces los primeros ensayos “sociológicos”, esto es, intentos por captar intelectualmente lo corporativo (corpus mysticum), el populus, la multitudo ordinata, en pocas palabras: lo social. Lo social como problema teológico y político hizo su aparición contemporáneamente con la noción de Patria, en un sentido
litúrgico, en el que se conjugaba devoción y exaltación religiosa del martirio. Las Cruzadas son un caso paradigmático. Guido Dreves en su Analecta Hymnica rescató el cancionero de los cruzados, uno de ellos reza: “Aquel que se embarca a tierra santa/ Aquel que muere en esta campaña/ Será bien recibido en el cielo/ y allí con los Santos tendrá su morada”.
Efectivamente, el mártir cristiano que ofrece su vida al Señor pro fide era el modelo más genuino de autosacrificio, a su vez, nos dice Kantorowicz, “la doctrina cristiana, trasplantando la noción política de polis al otro mundo y ampliándola al mismo tiempo a un regnun caelorum, no sólo almacenó y preservó fielmente las
ideas políticas del mundo antiguo, sino que también preparó ideas nuevas para una época en la que el mundo secular comenzaba a recobrar sus anteriores valores característicos”.
La justificación ética y moral de la muerte por la patria, como forma de caridad, fue adquiriendo, en lo sucesivo de la modernidad, un rango superior a las demás virtudes. San Agustín y Santo Tomás coincidirán con Cicerón al preguntarse, retóricamente «¿qué buen ciudadano dudaría en morir si fuera beneficioso para la patria?» y éstos alegatos son de lo más atemperados si se los compara con los que integran el epistolario de Coluccio Salutati: “(…) si fuese útil para la protección de la patria o su agrandamiento hundir un hacha en la cabeza del propio padre, aniquilar a los propios hermanos o arrancar el hijo prematuro del vientre de la propia esposa con la espada, no parecería ni molesto, ni difícil, ni un crimen”.
En conclusión, se podrían enumerar incontables registros teológicos, políticos, filosóficos y del derecho, en los cuales se glorifica la muerte por la patria, bastará decir, para finalizar, que la conversión final del guerrero que moría por la patria en héroe fue un logro de los humanistas y no hay dudas acerca del hecho de que el amor patriae ha modelado la mentalidad moderna. Es un mandato fundante y un desafío para el Socialismo, sobre todo para sus científicos sociales y para sus educadores, pensar la patria sin fanatismos, en una palabra, desacralizarla, tal como pedía Justo.
Mauricio Yennerich