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miércoles, abril 14, 2021
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El orden natural y el orden moral

La angustia existencial es el abismo que emerge entre el conocimiento de todo y el control de nada. En ese punto infinito se produce la soledad del alma por el mecanismo de la autoconciencia. Es un acto de orden humanamente puro.
Es el drama cotidiano que se forma ante la suma del saber, que confronta con lo que es, y con lo que puede llegar a ser.
Pues es verdad que cuanto menos se sabe, mayor es la inocencia y por ende, la capacidad de convivencia y el cúmulo de afectos, como hechos primarios de la vida.
Y entonces es más fácil la alegría de vivir porque se ordena dentro de la cosmovisión del orden de la naturaleza, donde el que ignora es sabio.
Porque el sufrimiento hace a la escala humana. El sufrimiento tiene su base en el conocimiento. Si una persona es engañada- en sus amores, su salud, su economía, etcétera- pero no lo sabe, mientras ello suceda su felicidad será perpetua.
La filosofía de la naturaleza dice que el universo es perfecto en saber y autocontrol. Pero es ciego. Nunca una estrella podrá habitar un río, ni un pez vivir en la luna. No por conocimiento sino por orden natural.
Este poder de la naturaleza confronta con la moral humana.
La moral humana es una estructura de leyes como piso y marco de convivencia, que convienen siempre al poder regente, y una cosmovisión reglada por caretas culturales durante períodos a los que llamamos procesos históricos. Cosmovisiones convenidas, de forma consciente e inconsciente, directas e indirectas.
Durante 900 años la esclavitud fue para Europa y las naciones regentes, una ley sostenida universalmente “para el progreso de los pueblos” y luego fue declarada un delito.
Como diría Federico Nietzche: “Sentí vergüenza de mí mismo, al ver que el mundo era un universo de caretas y yo salí a él con mi rostro verdadero”.
Porque la moral de cada cultura construye un mundo de conveniencias. Quien no lo sepa, existirá en sus márgenes.
Si los hombres realmente amaran la verdad, la justicia, el bien, Jesucristo habría muerto por anciano.
San Martín nunca se habría ido de la Argentina y hubiera sido presidente como querían todas las provincias, salvo Buenos Aires.
Manuel Belgrano hubiera muerto rodeado de honores y no solo, abandonado y miserable, mientras se repartían sonrientes y con sorna, sus dientes como un trofeo los ministros del gobierno nacional de Bartolomé Mitre al desenterrar su cadáver.
Es así entonces, que coexisten en toda época histórica un armonioso universo natural con autopoder, que siempre escapa al control humano, de una u de otra manera.
Muchos humanos son conscientes de ello- los hippies por ejemplo, las comunidades primitivas- y pretenden repetidamente volver a ese ser original como subculturas históricas.
En el centro del poder moral cada vez más universal, el poder regente, es un poder cultural que concerta un orden ficticio siempre a su conveniencia, basado en una felicidad de caretas, que se modifican de acuerdo a los procesos históricos.
Y dos modos de existencias habitan en sus márgenes. Uno, los marginales superiores teniendo por base el conocimiento y dos, los que lo hacen como coexistentes en la periferia como descartados.
A esas tres construcciones las llamamos mundo.
Todo ello se sostienen en la tensión de la vida, la energía de la existencia de lo que conforma esta gran pieza teatral que es el universo, hasta donde el ojo humano conoce.
                                        Daniel Frank