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Excelencia vs felicidad

Por Mauricio Yennerich.-

En la nota “Los niños necesitan ser felices en el aula, no excelentes”, escrita por Juan Castellanos para  La izquierda diario, se presentó la disyuntiva felicidad vs excelencia, que preocupa por su recurrencia y porque está en la base del sistema educativo.

El autor cuestiona la decisión del parlamento mexicano de incorporar la excelencia como objetivo de la educación y sus opiniones coinciden en muchos puntos con las voces del contexto nacional. Castellanos plantea que la excelencia educativa “es la más fiel muestra de la continuidad de la política educativa neoliberal”, para él, el vocablo procede del mundo empresarial y “ser el más preparado, el más disciplinando, el más obediente, el que saca 10, puede no hacerte más feliz”.

Asimismo, sostiene que la excelencia fomenta la competencia, textualmente: “la educación está vinculada a contribuir con esta idea de mercado: llenar a los alumnos de conocimientos básicos para desarrollarse en el mundo del trabajo y ser mano de obra explotable exitosa en el mundo empresarial”. Los maestros y maestras —concluye— “deben luchar para una transformación radical de la sociedad”.

Dos ideas requieren revisión: la excelencia educativa como algo típico, incluso, exclusivo del mundo empresarial y los docentes como transformadores radicales del orden social.

 

La excelencia

Para la cultura griega, contemporánea de la Democracia, la excelencia —ἀρετή, traducida como aretḗ— significaba elocuencia y era una de las más altas virtudes ciudadanas. La elocuencia era fundamental para la aristocracia, para ejercer con maestría la persuasión en la polis.

La cultura cristiana mitigó ese componente aristocrático de la herencia helénica. En la Biblia, la excelencia suele ser sabiduría, gracia o conocimiento. En efecto, cuando el misterio de Dios es anunciado por Pablo, él está desprovisto de excelencia: “no llegué con el prestigio de la elocuencia o la sabiduría”, dice en “La primera carta a los Corintos” y en la segunda Carta, al mismo pueblo, menciona que la luz del Evangelio que brilla en los corazones para que resplandezca el conocimiento de Dios, es un tesoro que se lleva “en recipientes de barro para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros sino de Dios”.

Desde una perspectiva más laica, el principio de la Autonomía Universitaria, afirma que: “la Universidad necesita libertad para que la investigación, docencia y extensión se concreten con excelencia”. Leo Strauss escribió que: “la educación para la perfecta caballerosidad, para la excelencia humana, la educación liberal, consiste en recordar a uno mismo la excelencia humana y la grandeza humana”.

En consecuencia, si bien no caben dudas de que hay un uso meritocrático del vocablo excelencia, también hay tradiciones intelectuales en vistas de las cuales se podría ofrecer un debate democrático sobre su significación, antes que oponerla a la felicidad.

 

La felicidad

Estas corrientes de pensamiento que han sido simplificadas en extremo, especialmente la tradición helénica, asocian la felicidad con la virtud, con un estado de armonía interior y con el uso práctico de la razón. Alcanzar la excelencia, para Aristóteles, implica hacer buen uso de la razón. En los años de la Democracia ateniense, las obras de teatro que buscaban aleccionar a los tiranillos, usaban la sátira, la comedia. En contraste, para educar al pueblo, usaban las tragedias.

De la fuerza subversiva de la felicidad, como alegría, Umberto Eco no dejó un memorable registro en su novela El nombre de la rosa. Es que el catolicismo antepone el llanto, al gozo: son necesarias las lágrimas, que limpian nuestros ojos, para ver con claridad. En la Carta de Santiago se entiende que la sencillez es propia de la sabiduría. Si estamos dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, es por causa de una sabiduría terrena, sensual y demoníaca. “En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura y además pacífica, benévola y conciliadora”.

 

El docente en lucha por la transformación social 

En cuanto al mandato impuesto a los decentes de ser luchadores que deben transformar la realidad, bastará recordar la última experiencia de política educativa inspirada en ello. De hecho, durante el régimen kirchnerista (2003-2015), se planteó dicha transformación en clave generacional, la generación de los 70 y su reivindicación, léase: Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).

Aunque es de destacar el financiamiento que aportó a la Comisión Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), los resultados de tal gobierno, pueden juzgarse a partir de los que produjo con su política en general: una apertura del sistema educativo sin capacidad institucional para encauzar el caudal de ingreso, una re-primarización de la economía, como consecuencia, quizá imprevista, del auge de las exportaciones, que alejó a nuestro país del centro de la economía-mundo y una crispación ciudadana sin precedentes tras el advenimiento de la Democracia.

En conclusión, proponer una política educativa basada en la felicidad y por un reduccionismo semántico, rechazar la excelencia, predispone a las instituciones educativas a ser incubadoras de personas que, una vez egresadas del sistema, serán incapaces de estructurar una profesión y de realizar su vocación en el contexto económico y social dado. Tal propuesta pone a toda una generación en peligro, pues, el capitalismo, que es una estructura prácticamente irreformable, expulsa y/o elimina a quien intenta destruirla. No obstante, también es el sistema económico que hizo posible la educación pública, gratuita, laica y moderna, tal como la conocemos.

 

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