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lunes, mayo 25, 2020
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El Gobierno provincial está analizando la emisión de bonos

Lo había insinuado, primeramente, el gobernador de Tucumán, Juan Luis Manzur: la emisión de bonos provinciales está en la agenda. Como él, la mayoría de los gobernadores han asegurado no tener fondos para hacer frente a los salarios y han insistido en pedir más fondos al tesoro nacional. Si bien algunas administraciones provinciales, como Chubut, arrastran problemas de caja desde hace meses, tras la reunión de los ministros con Silvina Batakis, secretaria de Provincias del Ministerio del Interior, ha quedado claro que sin la asistencia de la nación, varias jurisdicciones avanzarían en la emisión de cuasi-monedas, una alternativa que ya habían estado considerando antes del brote de Covid-19. Asimismo, los gobernadores, reclaman que el Banco Central suba el límite de préstamos, para que las provincias puedan tomar créditos en el sistema financiero.

 

Santa Fe

Según fuentes oficiales, en la Provincia de Santa Fe se ha registrado una baja en la recaudación y una disminución del monto proveniente de la coparticipación nacional. “Los recursos provinciales cayeron en marzo 12,5 %”, escribió Germán de los Santos, en La Nación.

Para atenuar esta situación, la gestión de Omar Perotti obtuvo un préstamo de $ 5000 millones a una tasa badlar + 3 % – esto es, un 38 % de interés. El mandatario rafaelino, en declaraciones a Radio 2 de Rosario, luego de considerar la última implementación de cuasi-monedas, en 2001-2002, como una “alternativa interesante”, aseguró que la han estado analizando como posibilidad.

 

La “dineridad”

¿Qué es el dinero?, o mejor, “la dineridad” – esto es, lo que otorga valor de intercambio a una cosa o abstracción. En primer lugar, todo dinero, para ser tal, debe tener un fundamento autoritativo que sólo lo da el estado, el dinero, por tanto, es una creatura del estado, un asunto legal; en ese sentido, el dinero de cuenta, un concepto de amplio espectro que incluye una plétora de medios de cambio, es usado por los bancos, lo emiten los estados, es decir, fluye y, en tanto dinero soberano aceptado, refluye como único medio de pago de impuestos.

El dinero de cuenta viene evolucionando en su forma y constitución desde los primeros bancos modernos europeos del siglo XIV, hasta convertirse en lo que es hoy, un universo monetario que gravita en tono a los grandes bancos y a los bancos centrales. Éstos últimos deben coordinar, indirectamente, con procedimientos eficaces la actividad de las instituciones financieras, asegurando la mayor racionalidad formal posible.

Pues bien, el estado argentino nunca pudo fraguar una relación estable con sus contribuyentes y sus acreedores, sean éstos domésticos o externos, tampoco pudo forjar una relación de ventajosa interdependencia con la clase capitalista autóctona. Asimismo, la economía nacional tiene una gran informalidad. Por ejemplo, tal como informa Geoffrey Ingham, “Por, al menos, medio siglo, no más de la mitad de los argentinos legalmente requeridos para pagar impuestos, lo ha hecho”. En consecuencia, la banca nacional, el sistema financiero doméstico y, por carácter transitivo, el peso moneda nacional, tienen debilidad crónica. Para constatarlo, bastará recordar el último episodio de desintegración monetaria.

 

Breve crónica de la desintegración monetaria de principios de siglo

En la Navidad de 2001, el estado declara en default los US$ 155 mil millones de deuda, lo que rompió definitivamente la paridad fija US$ – Peso moneda nacional imperante en los años 90. “Inmediatamente —afirma Ingham— dos dineros de cuenta, el peso devaluado y el dólar estadounidense, comenzaron a competir por la denominación de las relaciones monetarias domésticas”. Ambos comenzaron a circular junto a una docena de pagarés de los gobiernos provinciales, a saber, Patacones, Quebrachos, Lecors, Federales, Cecacors, Brocades, Petroms, Cemis, Huarpes y Petrobonos, más el que hubo emitido el gobierno federal, denominado Lecops; junto a ellos, vouchers, tikets, incluso bonos de Shoppings.

La desintegración monetaria fue el resultado de la aplicación de las directrices del Consenso de Washington de 1989. La paridad, que inicialmente hubo atraído inversiones extranjeras, anclaba la moneda soberana a las condiciones de la estadounidense, que, por cierto, no eran las de los gloriosos treinta dorados de posguerra. Estas inversiones extranjeras, ante el menor signo de cambio, reaccionan nerviosa y desfavorablemente, pues han fluido tras detectar que sólo los más débiles entregan la soberanía monetaria. De hecho, en 1995, se registra una caída del 4 % de Producto Bruto Interno (PBI) y colapsan una docena de bancos, se derrumban las exportaciones y, para 1998, la economía ha entrado en recesión. Pero, más grave aún, fue que, con las deudas nacionales dolarizadas y tras el aumento de los gastos corrientes del gobierno, la devolución se había vuelto demasiado onerosa. Para peor, esta dolarización virtual apenas hubo disimilado la crónica incapacidad para mantener una moneda soberana estable, basada en una configuración fiscal eficiente y un sistema bancario viable. Una balanza de pagos negativa, asimismo, amenazaba la paridad, para mantener niveles de solvencia aceptables y servir las deudas, el estado busco confiscar las reservas del sistema bancario y financiero por todos los medio. Liberalizó los requerimientos del Banco Central, vendió compulsivamente bonos estatales a los fondos de pensión, y los bancos fueron presionados para intercambiar esos bonos gubernamentales por préstamos de bajo interés.

En conclusión, la desintegración monetaria resulta de la histórica incapacidad tanto de la oligarquía terrateniente, que ha predominado en la Argentina de prosperidad de fines del siglo XIX hasta la crisis de los años 30; del nacionalismo implantado por el Coronel Juan Domingo Perón a instancias de la industrialización y de los militares y su reforma de 1977, para forjar una estado que debiera establecer relaciones mutuamente ventajosas y estables entre sus deudores, los contribuyentes y sus acreedores, los tenedores de bonos. Esto significa que no ha podido consolidarse un espacio monetariamente soberano, en el cual emplazar un robusto sistema bancario que le de sustento al peso moneda nacional.

Mauricio Yennerich

 

En la imagen, la libra esterlina. Desde 1601, tras las reformas isabelinas, Inglaterra acordó que cuatro onzas de plata equivaldrían a una libra esterlina. Contabilidad que duró hasta la Primera Guerra Mundial. Algo históricamente excepcional, al punto que Fernand Braudel hubo de referirse a él como “un pequeño milagro casi inexplicable a primera vista”.

Fuentes:

  • Origlia, Gabriela, “Crece la perocupación de los gobernadores por garantizar el pago de sueldos”, La Nación, 28.03.2020.
  • De los Santos, Germán, “Santa Fe no descarta emitir cuasimonedas para pagar sueldos”, La Nación, 04.04.2020.
  • Ingham, Geoffrey, “Monetary Disorders”, The Nature of Money, 2004.