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Juan Potolicchio: El mejor deportista esperancino de todos los tiempos

Sólo en el año 2019. Campeón con su equipo de Gremlis Estados Unidos. También Campeón del Mundo de clubes con su club de Estados Unidos. Campeón de los Juegos Panamericanos en Perú con la Selección Argentina. Campeón del mundo en República Checa con la Celeste y Blanca. Capitán de los pitcher del seleccionado. Juan  Polocchio vivió así el año deportivo poniendo el nombre de Esperanza más allá de tierras y de  mares en lo más alto de los mástiles deportivos. Se le suman en su historias varios campeonatos nacionales de clubes y ser ternado para el Olimpia de Plata.

Hasta hoy se ha subido y bajado de 378 aviones en su carrera deportiva. Juega para un equipo de Nueva York, otro de México y un tercero de Guatemala donde vive y trabaja en una empresa de medicamentos. Es contratado para dar conferencias de coatching en todo el mundo y su nombre es y será por siempre, uno de los más grandes  en la historia del sóftbol argentino y del deporte nacional e internacional.

“Vine a Esperanza para descansar un poco, son muchos años desde que el “Cuchu” (el profesor de la entonces EET Nº 455 “José de San Martín”, Eduardo Rista) edificó  esta locura de jugar al sótbol en Esperanza y creamos a “Los Teros” para jugar en Paraná, con el apoyo luego de la Municipalidad de Esperanza”, confiesa en El Colono del Oeste apenas bajado del avión que lo trajo de Europa.

Pero también “vine por la Vale (Valentina Potolicchio, la arquera de hockey de Alma Juniors) que termina la secundaria y quiero estar en su recepcion” dice mientras planifica salidas de avión a México y Guatemala para pitchear en sus campeonatos vigentes.

Mundial

Jugador de cinco mundiales y referente del seleccionado ante la prensa  especializada del planeta, a los 37 años dice que “lo fundamental para ganar el mundial fue el equipo. Nos mirábamos y ya sabíamos lo que queriamos. En cinco años de preparación, con los jóvenes que se sumaron en este tiempo con 19 años, hicimos una química magnífica. Todos comíamos lo que se ponía en la mesa, todos dormíamos donde nos llevaba el destino, jamás una queja, una discusión. Todos íbamos a los entrenamientos por no fallarle al compañero, más allá de hacerlo por nosotros y por lo que amamos a la Argentina. Dentro y fuera de la cancha, cada uno hizo lo suyo de manera impecable. En Japón, un  mes sin probar una gota de cerveza, ni de gaseosa, sólo agua, comer lo que se nos daba y entrenar en doble turno.

Yo mandaba dos videos por día al entrenador, porque a la distancia entrenaba a la par de ellos. Y viajé cuatro o cinco veces en avión a la Argentina desde donde estaba, para poder entrenar en este año. Por supuesto que todo lo hicimos con nuestro bolsillo.

Estábamos convencidos que íbamos a ganar y de nuestro juego. Argentina fue una máquina de victorias. Nuestra unidad era absoluta. Una vez, uno de nuestros jugadores lloraba amargamente en el hotel. Un mes fuera, en Japón, sin saber el idioma, sin ver a sus hijos, se quebró. Estaba todo el equipo abrazándolo, haciéndole el aguante. Eso fue la Selección Argentina.

Recuerdo que en la final contra el japón perdíamos dos a cero. Y no hubo dudas. Sabíamos que lo íbamos a revertir. Nunca Argentina había alcanzado una medalla  en toda su historia. Nosotros ya habíamos ganado la de plata, pero, sabíamos que ese era el momento de darle a nuestro país la medalla de oro que le permitía entrar en la hstoria grande del sóftbol. Y la ganamos 3 a 2. Fuimos una máquina perfecta, sabíamos que íbamos a permanecer unidos en las lágrimas de dolor y en las de la alegría”.

 

Panamericanos

“En realidad, lo que nosotros planificamos era ganar los juegos panamericanos. Trabajamos con ese objetivo. El mundial nos quedaba “de paso” como preparación para llegar al mejor nivel de la alta competencia. Y fue maravilloso ganarlo. Jugamos todo el torneo en Perú a tribuna llena. Mirabas a las tribunas y las  veías llena de camisetas celeste y blanca aletándonos. Fue maravilloso.

Fue tan maravilloso, que en el partido final contra los Estados Unidos, uno de nuestros jugadores, de 38 años, cuando faltaba un innings- la última entrada- se largó a llorar en el campo de juego. Era su último partido con la camiseta de la selección argentina. Habiendo pasado tantas derrotas y tantos sacrificios, irse campeón del mundo y campeón panamericano, ver a la Argentina ahí, el corazón le estalló en lágrimas de tal modo, que tuvo que pararse el partido un rato.

Y fue mucho lo que alcanzamos, porque es la primera vez que una selección que no es la de Canadá sale campeón panamericano y es nuestra Argentina. Y no fue un milagro, fue un trabajo psicológico de años, junto con  toda nuestra preparación. Prepararnos para lo que vivimos e hicimos como equipo”.

Una muestra de la eficiencia en el campo de la selección argentina, es que a Estados Unidos le ganó en cero los tres partidos jugados este año. Uno de ellos 7-0, sin terminar el juego por la diferencia alcanzada en los cinco primeros inning. Un número brutal.

Gremlins

Juan Potolicchio juega en los Gremlins de la ciudad de Nueva York. Es campeón binancional con ese equipo y este año  campeón del mundo con este club. Junto con él está el paranaense y jugador Ladislao Malarzuk. Está  viviendo en Guatemala y a veces en la ciudad norteamericana de San Diego, donde también juega en un club, mientras que acaba de viajar a Roma, Italia donde jugó partidos del campeonato Europeo, que es de menor calidad a los anteriores.

¿Seguir? Por ahora si. Hay un campeonato mundial dentro de 24 meses, ¿lo jugará? No lo sabe. Entre el pitcher de “Los Teros” y el campeón del mundo hay casi 400 aviones y aeropuertos conocidos,  y todos los continentes de la tierra, recorridos.

El perro de Praga

Es tradición que quien pasa por la ciudad de Praga, un día, vaya a tocar al perro de la famosa estatua. Y le pida un deseo. La selección Aregntina lo hizo. Juan Potolicchio termina de ir a jugar un torneo en Europa para un equipo que lo contrató, sólo para tocar el perro de Praga, agradecerle por cumplirle lo pedido en un viaje anterior y hacerle un nuevo pedido.

No hubo manera de que nos contara, qué deseo le pidió al perro de Praga, capital de la República Checa.

 

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