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La autoridad democrática en pedagogía

La figura de Paulo Freire ha sabido ganarse un reconocimiento enorme en el mundo de la educación, pues dedicó muchos años de su vida a alfabetizar en las favelas de Brasil y planteó una clara y aguda filosofía pedagógica, basada en el amor. En nuestras épocas de estudiantes del profesorado, recuadramos sus maravillosas frases con resaltadores naranja, amarillo y verde esmeralda y nos esperanzábamos más y más a cada párrafo. Una vez enfrentados a la realidad concreta de las escuelas, algo para lo que, aunque parezca mentira, ninguna Facultad te prepara, las ilusiones y pasiones comenzaron a dialogar con las razones, en tono desencantado.

Pedagogía y política para la libertad
En “Cartas a quien pretende enseñar”, libro publicado en 1993, Freire sostiene que hay una diferencia fundamental entre autoridad y autoritarismo. El docente autoritario, reaccionario, habla “al” educando, mientras que el docente con autoridad, progresista, habla “con” el educando. Esto no implica un igualitarismo argumental, pues se supone que el educador, a diferencia del educando, ha de tamizar con estrategias didácticas y metodológicas, sus enunciados.
Una educación basada en la libertad y la democracia combina, de manera coherente, jerarquía e interacción simétrica. Hablar con el educando y no al educando, implica reconocer y valorar sus conocimientos, sus experiencias. En ese sentido, hace tiempo que estoy considerando la idea de trabajar metodológicamente los postulados de Friere, siguiendo los lineamientos de la fenomenología del Alfred Schütz (1974), a partir de la cual, el proceso de conceptualización, se realiza como si fuera una especie de progresiva depuración o pulimiento de vocablos del sentido común, que es lo que traen los educandos a la escuela: sentido común y nociones generadas en sus contextos de vida, que son como semillas de conceptos, categorías en potencia.
Hasta ahí el panorama es bastante claro, ahora bien, como Freire no se cansa de insistir, “educar es un acto político”, lo que nos lleva a preguntarnos qué otros actores sociales e institucionales detentan protagonismo en el proceso de jerarquización e interacción simétrica implicado en el proceso educativo, por fuera del ámbito estrictamente áulico-curricular o pedagógico-conceptual.
Al interior y “en tiempo real” las autoridades son las clásicas figuras del establecimiento: dirección, vice-dirección, regencia, vice-regencia, secretarías, preceptorías, portería, gabinetes psicopedagógicos y, en algunos casos, representaciones legales. Cuando ampliamos el área bajo observación, empiezan a aparecer otros actores que exceden el marco de la institución en sí: los padres y madres de los educandos, los gremios y sindicatos, la escatología ministerial de supervisores, delegados regionales, secretarios, ministros y gobernadores. Y la Iglesia, sobre todo en provincias como la nuestra, católicas de nacimiento, la Iglesia está enraizada en las instituciones y tiene un protagonismo central a la hora de tomar decisiones. En el peor de los mundos posibles, el profesor es “el último orejón del tarro” de toda esa jerarquía. En contraste, en países desarrollados, generalmente ricos y con alta calidad de vida, los docentes suelen gozar de un prestigio y de una autoridad no inferior a un médico, a un juez o a un parlamentario, sólo por citar algunos ejemplos de profesiones “de renombre”. Del mismo modo y por contrapartida, las carreras docentes en países como Francia o Finlandia, son extremadamente exigentes.
Expresado con cierta crudeza y en clave interrogativa, ¿Quién de verdad, y en el buen sentido, “manda” dentro del sistema educativo, la pregunta no es caprichosa, pues, si la respuesta es todos tienen participación y decisión, lo que esto puede generar, lejos de la tan ansiada inclusión democrática, es un limbo en el cual nadie se hace cargo de nada. ¿Tienen tanto o más valor las opiniones de un padre o grupo de padres, que la de un director?, ministerio ¿está manejado por los sindicatos? Para ser breve, preguntémonos ¿Quiénes están reglamentariamente autorizados y académicamente capacitados para intervenir directamente en el proceso educativo?
Nuevamente, si la respuesta es “todos, todas, todes”, esa apertura irrestricta política ¿qué consecuencias tuvo, tiene y podría tener?, ¿no es acaso esa zona de grises el lugar donde se reproduce con mayor facilidad la inequidad del sistema? Inequidad que requiere, para su remoción, antes que una horizontalidad, una jerarquización y valorización de los mejores cuadros.

Mauricio Yennerich