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El nivel de empleo como variable fundamental

El entrelazamiento de clases, expresado en el espacio urbano esperancino, es una conquista social valiosísima que debe ser defendida.

 

 

Por: Mauricio Yennerich

Si algo caracteriza al buen reformismo es la selectividad. Lo que está bien, ahí se queda, se mejora en todo caso, pero no se toca, porque el buen reformismo, el verdadero reformismo en realidad, siempre tiende a la excelencia. Los demás van por el cambio para que nada cambie. Esto ya fue debidamente explicitado por un referente de la escuela de Frankfurt –Max Horkheimer- en los ´30, en Teoría tradicional y teoría crítica, donde el autor advierte que una de las llaves maestras del poder, de las claves de su continuidad, es presentarse –cada tanto- como novedad.

Hay algo que está muy bien en Esperanza y que no debería tocarse, y es cierta tradición de convivencia, de contigüidad espacial entre personas que pertenecen a diferentes clases sociales, ese milagro de convivencia pudo conquistarse, a nivel país, en espacios más restringidos, como las escuelas públicas. Sea como fuere, el buen trato, la interacción social en la diversidad y todas las formas del compartir, de la solidaridad, hoy están severamente amenazadas.

Cuentan que en ocasión de la visita a nuestra ciudad que organizó Carlos Zambón (PS Esperanza), en 1997 del reconocido académico como Ricardo Sidicaro –autor de Los tres peronismos (Siglo XXI, 2002)- éste se hizo un momento para recorrer Esperanza, dar unas vueltas en auto, con el grupo de organizadores. En un momento, Sidicaro preguntó dónde estaba localizado el barrio burgués. Le dijeron que no había barrio burgués. Este argumento político significa, en términos académicos, que no había operado un proceso de segregación socio-espacial, tan común en otras ciudades, en las que la espacialidad es un atributo de control social, de fragmentación y un agregado de vulnerabilidad para personas que están en riesgo. De ese modo, las personas que viven en villas, o barrios precarios, tienen que padecer doblemente: su contexto y lo que su contexto significa para quienes no viven en él. Esto retroalimenta la desigualdad, el proceso de des-igualación, es también, resultado.

Tampoco vivimos en el Mundo de Alicia en el País, muchos de ustedes saben que una cosa era vivir de este lado de la vía y otra era vivir atrás de la vía, y lo mismo con la ruta 70, pero esto, si bien tenía cierto componente discriminador, no impedía, como en los casos de segregación citados, conseguir trabajo, por ejemplo.

Algunos dirán “hay que planificar mejor” y ¿Qué dudas caben? El tema es que la mayoría de los modelos urbanos que proponen quienes estudian el espacio y las relaciones institucionalizadas entre el espacio y la sociedad, de los individuos entre sí, de los grupos entre sí, y de éstos, a su vez, con el espacio, a saber: las personas que estudian geografía, parten, generalmente, de situaciones en las que, por ejemplo, crece el empleo.

Crece el empleo de factores de producción. Algo –lamentablemente- poco usual en regiones periféricas como la que nos toca vivir. Entonces la economía, que toca las puertas de todas las Ciencias Sociales, se hace escuchar y requiere ser escuchada.

El de empleo en América Latina suele ser una variable inestable, o sostenidamente a la baja, desde hace, mínimo, cuarenta años. Por lo tanto, la planificación sin generación o cualificación del empleo, termina siendo un lujo de los que están acomodados. Un planificador reformista, parte, primeramente, de una crítica a esos modelos, y a los modelos que, o consagran, o niegan la des-igualación inherente al capitalismo, y a partir de esa crítica, produce un dispositivo de intervención estatal. Es entonces cuando la planificación, de verdad, ayuda a vivir mejor a la mayoría de las personas.

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