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“Es sanador para las familias de las víctimas este abrazo en oración” dijo el Padre Zingerling

En silencio. Caminando. Lágrimas en los ojos de no pocos. Tristes pero de pie. Sin pañuelos ni pancartas. La única consigna era estar unidos para decirle a la familia de las víctimas que están con ellos, que los abrazan, que rezan por ellos en cada templo de la ciudad, en cada hogar esperancino.

Eran miles. Cuadras enteras, caminando por las veredas de la plaza San Martín que los esperancinos de tiempos inmemoriales usan para las fiestas, para el dolor, para la protesta, para rezar.
Estaban cabizbajos, apenados, la muerte violenta de la comerciante Gabriela Degiorgio, volvió a golpearle el mismísimo alma de la ciudad de Esperanza. En enero con Agustina Invinkelried, en noviembre con Gabriela Degiorgio. Dos femicidios, violentos, brutales, impropios de seres humanos por su impiedad.
Había abuelas, madres, esposas, hijas, novias, sobrinas, tías, amigas. Acompañadas por sus esposos, padres, abuelos, novios, tíos, sobrinos. Muchos caminaban tomados de las manos, familias enteras.
Una mujer joven, solitaria, en la esquina de la Basílica lloraba en silencio, mirando el cielo. El rostro del dolor, de la impotencia, de la profunda tristeza que el crimen le clavó en el pecho a todos los esperancinos, que cargan con esta cruz tan pesada, tan horrenda.
El llanto sana, abre la mirada a la realizad, pacifica el corazón, devuelve la paz, cura y saca de la tristeza.
El corazón de esa mujer joven y bella parada sola en la esquina del cantero de la plaza, mira hacia la Basílica de la Virgen Niña, sólo llora mientras la gente aplaude sostenidamente para darle el último adiós a Gabriela, cuya imagen preside las puertas de la basílica a cuyos pies se pone la masa de miles de esperancinos que llegaron hasta allí.
El padre Ernesto Aguera, párroco termina de presidir la misa y sale para recibir a la gente que ha esperado en silencio.
El joven sacerdote de San Jerónimo Norte, padre César Zingerling le habla a la multitud.
Conmovido señala “lo bueno que es para la familia esta manifestación. Es sanador para las familias de las víctimas esta manifestación y abrazo en oración”.
Señala que como cristianos “creemos firmemente que Gabriela está en el cielo, con Dios, porque nuestro Dios es Dios de vivos y no de muertos” manifiesta recordando una cita bíblica.
Invita a rezar un Ave María para lo cual mira hacia el ingreso al templo, donde el retrato de Gabriela Degiorgio mira a la multitud con una sonrisa de comprensión y de ternura, y los miles de cristianos, lo acompaña junto al padre Aguilera.
El joven sacerdote dirige su mirada hacia la multitud, levanta su mano derecha y los bendice y dice sus últimas palabras: “regresen a sus hogares, vayan en paz”.
La gente se queda de pie, primero fueron unas pocas palmas, luego la multitud comienza a batirlas, sin una palabra. El gesto es conmovedor y las palmas no ceden, pasan minutos o siglos.
En silencio, como había llegado, se fueron a los barrios de donde habían llegado, a pie, en moto, en bicicletas, en automóviles o camionetas. En paz. En familia.
La mujer bella y joven pareciera seguir allí sola en la esquina de la Basílica de la Natividad de la Virgen, mirando el cielo. De sus ojos negros, enormes, se deslizan en silencio dos lágrimas que bajan por sus mejillas y caen a la tierra para enterrar esa tristeza de muerte que se ha instalado en el alma.
Esperanza llora a Gabriela como en enero lloró a Agustina. Un dolor que no termina nunca.
Desde el cielo, las dos estrellas iluminan, rezan por todos los esperancinos y las familias de Franck. Rezan por nosotros como un sublime acto de amor sin tiempo y nos dan el abrazo fuerte que nos quite la tristeza y nos prepare para una Navidad y un año nuevo, por primera vez sin ellas.

Daniel Frank

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