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Una calle para el policía

Las Comisiones de Gobierno, Cultura y Acción Social, y de Obras y Servicios Públicos, en referencia con el expediente Nº 239047-R-18 dieron a conocer el proyecto que fue presentado en el Concejo Municipal. Se trata de ponerle el nombre de una calle a un policía esperancino asesinado en cumplimiento de su deber.

En este caso, el vecino Sergio Rubén Rista solicitaba la autorización para que una de las calles de la ciudad se le coloque el nombre de quien en vida fuera el Cabo 1º “SG” Alejandro José Combín.

Los concejales en pleno dieron  el sí con la mano levantada.

Dolor y bronca en el último adiós al policía asesinado

Daniel Frank – Danilo Chiapello

Toda la comunidad de Esperanza se sumó al duelo. Autoridades del gobierno provincial y la Plana Mayor de la Policía acompañaron a la familia en el difícil momento.

El crimen de Combin dejó trunco los sueños de formar una familia que había proyectado junto a su novia. Con mucho sacrificio habían terminado de construir su casa y planeaban casarse en mayo.

Los restos mortales del cabo Alejandro José Combín -asesinado a tiros mientras perseguía un delincuente-, fueron sepultados la tarde de ayer en medio de desgarradoras escenas de parte de familiares, allegados y camaradas de la fuerza.

El cuerpo de Combín, de 28 años, llegó a las 11.30 del sábado a la casa velatoria Acastello-Rosso ubicada sobre calle San Martín al 2500, esto es a 20 metros de la sede de la Unidad Regional XI.

De inmediato dicha calle, una de las principales arterias del centro de la ciudad, se pobló con centenares de ciudadanos que entremezclados con los hombres y las mujeres de uniformes azules daban cuenta de la imagen de lo sucedido: el primer policía asesinado en la gestión del gobierno de Hermes Binner era un joven ciudadano esperancino de una familia ampliamente respetada y querida en la comunidad.

Entre ellos debemos mencionar al jefe y subjefe de la Unidad Regional XI, comisarios Jorge Negri y Sergio Trod y el propio Juan Luis Hek, jefe de la Policía santafesina que estaba en Esperanza desde la tarde del viernes.

“Nos mataron un hermano”, confesó un policía veterano de la vieja repartición de Investigaciones mientras se abrazaba a otros camaradas, que habían estado en el lugar de los hechos en procura del delincuente en un campo situado en el paraje llamado Rincón de Ávila, a unos 800 metros al este del “Boliche de Flaviani”, en Ruta Nº 6, entre los puentes del Salado -final de la jurisdicción del departamento Las Colonias por el norte de Esperanza- y la Ruta Provincial Nº 4, que es el acceso a la Ruta Nacional Nº 11.

Sin consuelo

Fue conmovedor ver a esos hombres que visten uniforme y canas con lágrimas en los ojos, llorando desconsolados junto a los pibes que recién ingresan a la fuerza, más cercanos a la generación del camarada muerto en medio del campo. Y a los vecinos, también consternados por el suceso.

Dentro de la sala velatoria su padre -que recibió la noticia mientras pescaba- ya no tenía lágrimas y se resignaba: “Era el destino”, decía y miraba hacia adelante, sin posar la vista en nada y en todo.

Su madre, junto al féretro, abrazada por todos, solamente preguntaba obnubilada de dolor: “Por qué él”.

Su novia, una chica de Humboldt, desgarrada de dolor estallaba en lágrimas mirando al cielo, buscando una respuesta que no existe: en mayo se casaban luego de su noviazgo y de levantar por años, con tanto trabajo y amor su casa propia en calle Rivadavia, unos metros al norte de la Ruta Provincial Nº 70. El escopetazo del criminal le arrebató la mitad de su vida y su familia antes de nacer.

Lágrimas en la ciudad

Ayer a la tarde se realizó el sepelio de Combín con la presencia del ministro de Seguridad, Daniel Cuenca, el secretario de la misma cartera, Carlos Iparraguirre, el jefe de la Policía de la provincia, Juan Luis Hek, altos jefes provinciales y toda la policía de Esperanza encabezada por los titulares de la U.R.XI

El imponente frente de ingreso del cementerio de Esperanza experimentó un hecho jamás visto. La llegada del cortejo fúnebre. La gente del pueblo esperancino en ambos lados de la calle. Los policías con su mano derecha en la frente en gesto de honor. Los abanderados rindiendo su adiós al camarada caído. Su familia y la de la novia del policía tomados de los brazos, caminando juntos por detrás del féretro cargado de flores y con la gorra de policía como estandarte en su cabecera.

Frente a su tumba sólo habló el oficial Báez, del Comando Radioeléctrico, frente a una comunidad que, impertérrita no se movía aunque la fuerte lluvia y el viento se desataba en ese preciso momento, como si Dios- cualquiera sea el modo de entenderlo por cada uno- quisiera decirles a sus seres queridos que a Él también le dolía semejante crimen. Y entremezclaba sus lágrimas de lluvia con las de los presentes.

Después, lentamente, la gente comenzó a retornar a sus hogares. Algunos en silencio, otros hablando en voz baja y otros con la mirada perdida. Pero todos y cada uno sobrellevando la insoportable sensación de lo irreparable.

 

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