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La anteúltima lágrima y la anteúltima oración por Agustina

Bajo la lluvia. Con el cielo acompañando el dolor inconmensurable de las familias Invimkelried y Combín. A los pies de la Virgen Niña, en la Basílica Natividad de la Santísima Virgen y en el cementerio municipal, la ciudad rezó la anteúltima oración y dejó brotar su anteúltima lágrima. Porque jamás faltará por ella, una lágrima más, un Ave María que no se rece, un Padre Nuestro común.

En este día gris. Triste hasta su última potencialidad, de martes 15, cercana la hora del mediodía, fueron inhumados los restos de quien ha pasado de ser “un dolor común” a “la hija de todos los esperancinos” que se han apropiado en sus corazones de su nombre.

Ella ya ha pasado a ser “el ángel de la ciudad”, y mora en su cielo donde el amor de Dios será su guarda inexpugnable, para que ya nunca jamás un ser desalmado y brutal, le pueda hacer daño.

Una caravana interminable de automóviles y rodados varios, comenzó en las salas velatorias de Acastello y Rosso en calle San Martín para dirigirse a la plaza San Martín, a la basílica Natividad de la Santísima Virgen. Increíblemente, pese a esa multitud de personas, no se escuchaba una sola palabra en la ciudad. Tanto, que hasta se podía escuchar en el silencio corpóreo el sonido de las lágrimas de la gente.

Los padres Carlos Magnano y el César Zingerling, salieron al encuentro de la familia en la vereda de la Basílica. Los papás, abuelos, tíos, hermanos, primos, amigos sólo podían llorar y la gente les daba su consuelo en ese abrazo repetido tan profundo y humano.

Ningún medio o periodista cubrió la última oración dentro de la basílica. Todos respetaron esa intimidad sagrada. Ese era el instante del eterno abrazo de los 17 años de Agustina con la eternidad. Su última presencia en este mundo, donde sólo vino a hacer el bien.

Después la larga caravana se dirigió al cementerio municipal, donde se vivió el momento más desgarrador. La anteúltima oración, la anteúltima lágrima para la hija del matrimonio Invinkelried- Combín, con sus cuatro hermanos, su familia, sus amigos.

Para la “la hija de todos los esperancinos”, no habrá un sólo día que no haya una flor y un rezo de amor en el lugar sagrado donde sólo descansa.

Porque Agustina vivirá por toda la eternidad en el cielo de amor de Dios, como un ángel más.

 

Daniel Frank

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