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miércoles, octubre 21, 2020
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Apostar a la familia e invertir en carnicería y despensa

Es claro que en la ciudad, desde febrero, la fisonomía barrial ha cambiado. Los habitués de cada barrio lo saben. La pandemia ha modificado mucho el comercio en la ciudad, especialmente en todo lo que hace a la gastronomía y la alimentación.

Los comercios del rubro alimentación, se multiplicaron. Y se fueron perfilando de manera diferente.
Las despensas tienen verduras y frutas, pero también hamburguesas y milanesas.
En un sector del Barrio Sur, existen en cuatro cuadras 10 despensas. Tres con especializaciones. Una vende carne de cerdo. Otro tiene todo en carne de pollo y desde hace dos meses, la de Hernán y Flavia, que tiene una linda historia de amor y de familia, que tiene carnicería, especialmente carne de ganado vacuno, cerdo y pollo en menor cantidad.
Pero antes de hablar de sacrificio, enorme esfuerzo, invertir con toda la confianza en el riesgo, en un tiempo crítico, es necesario contar otra historia. Linda y humana.
Flavia Burgener y Hernán Heisser fueron juntos a la escuela primaria Centenario de la Colonización.
En séptimo grado, como otros miles de chicos de la ciudad, tuvieron la fiesta de egresadas y fue la última vez que se vieron.
La directora y las maestras, como todos los años, contactaron a los egresados de hace 25 años. E hicieron la fiesta del reencuentro.
Hernán y Flavia fueron y 25 años después se sentaron en el mismo banco, en el mismo aula. Y compartieron la mesa. La simpatía se convirtió en algo más hasta que un día decidieron formar una familia.
Pero aunque Hernán tenía su trabajo y Flavia el suyo, “el ser comerciante se lleva en el alma” expresa Hernán.
Porque Flavia tuvo 14 años una despensa frente al Lawn Tennis Club y Hernán siempre fue carnicero. Además Hernán tiene el antecedente de su padre, Rubén, quien fue despensero por 35 años, en su comercio ubicado cercano al predio del Club Unión de Esperanza en el Barrio Parque Jardín, al oeste de la ciudad.
“Los dos extrañábamos el comercio, la despensa, la carnicería” cuenta Flavia, “hasta que después de mucho pensarlo e incontables charlas tomando mates, nos decidimos. Y pusimos todo nuestro sacrificio y esfuerzo para invertir el capital que teníamos y el que logramos conseguir en este proyecto.
Queríamos volver al ruedo. Hubo desafíos difíciles para concretar nuestro sueño común, pero con un enorme esfuerzo y ganas, lo pudimos concretar” dicen ambos con emoción palpable en el tono de voz.
¿De dónde surge el nombre? preguntamos, y contestan: “del hijo de Flavia, que confundió el nombre de un pájaro- Picurú- con un Tacurú, que es un hormiguero enorme en el campo. Por eso le pusimos carnicería y despensa Tacurú” señalan.
“Fue muy difícil invertir en tiempo de pandemia. Porque compramos a ciegas. Equipos que valen 150 mil pesos y que no podíamos ver. Era un riesgo enorme. Gracias a Dios salió todo bien” subrayan con alivio.
“Lo que sucede es que una despensa, si bien es complejo manejarla por la cantidad de productos y variantes, no es como una carnicería donde necesitás un conocimiento específico y un manejo de la carne especial.
Porque cuando descargás una media res, son 30 mil pesos en mano. Si no sabés vender, se te complica mucho el tema y es muy probable que te fundas. Más en un negocio como la carne, que en dos meses aumentó tres veces. Nosotros decidimos mantener el precio porque nos ponemos del lado de la gente, y la verdad es que el 90 por ciento de las familias están cada vez con menos dinero”.
En el Barrio se conoce el buen corazón de esta pareja de comerciantes. Más de un pibe -y no tan pibe- fue a pedir una mercadería porque la olla estaba vacía en casa. Y no se fueron con las manos vacías.
“Nosotros vemos a los vecinos en sus necesidades y sentimos que la situación va a ir para largo. Tratamos de poner los precios al mínimo posible, pero los aumentos vienen igual”. No es el almacenero o el despensero el que los aumenta para ganar más dinero a expensas del bolsillo de la gente. Es un clásico en la Argentina.
En este sentido hay que explicar que en la Argentina, los dueños del alimento son cinco empresarios, quienes a través de sus distintas empresas, controlan el 100 por ciento de los productos alimenticios de 45 millones de argentinos, desde hace muchos años y cada vez se concentra más.
“Nosotros estamos muy contentos, porque vemos que pese a lo difícil de la situación, estamos creciendo en clientes. Primero, el que viene una vez, retorna a comprar, y todos los días sumamos uno o dos clientes más. Vemos que las familias del barrio vieron bien la inauguración de nuestro comercio.
En cuanto a las ventas, es lo que habíamos calculado, con la explicación necesaria de que la sociedad en su conjunto cada día que pasa cuida más el “mango” y lo estira lo mejor que sabe y puede. El tema es que nadie puede dejar de comer y aún lo mínimo, tiene que gastar. Nosotros ayudamos tratando de poner la mercadería tanto de carnicería como de despensa al precio más económico posible” cuentan.
“En la carne, por ejemplo, la gente compra mucha carne molida, para poder combinarla con arroz, fideos, papas, huevos y otros productos.
Y también compra carne que sea sin hueso, para no desperdiciar, que sea todo carne”.
Otro de los puntos de vista de esta pareja de comerciantes es interesante de analizar: “Si la gente busca algo que yo no tengo, a mí no me molesta decirle dónde lo puede conseguir en el barrio. Porque todos tenemos que vivir. Además el dinero así se queda en el barrio, y como el dinero circula, algún día va a volver a nuestro negocio”.
Este pensamiento es muy típico del comerciante brasileño que sabe muy bien lo que tiene como producto pero además conoce lo que venden los demás comerciantes en un barrio o ciudad. Lo más importante, piensan los brasileños del comercio, es que el dinero no se vaya del barrio o de la ciudad, porque todo el dinero que se va, empobrece.
“Creemos que en estos dos meses nos ha ido bien, la gente recibió feliz esta propuesta y tenemos muchos clientes, que en el boca a boca se van acrecentando, siempre conociendo que la situación económica es de crisis y no se avizoran tiempos que signifiquen mejoría.
De cualquier manera hay que ponerle empeño a las cosas y siempre pensar en mejorar el servicio a la gente, mediante mejores precios, calidad en los productos, ofertas diarias, lo que se pueda” cuentan con entusiasmo.
“Lo que sí nos duele es que en un país productor de leche, carne y trigo, la gente tenga que prohibirse de consumirlo por los precios que tienen” reflexionan.
Y a la hora de los agradecimientos piensan en los amigos. Un colega, como lo es Marcelo Oggero, carnicero en el Barrio Sur, quien le dio una mano grande a Hernán para reinsentarse en el mundo de los carniceros.
Y también a la familia Sepulcri, que estuvo al lado de ellos en todo momento, dando respaldo al sueño de ambos.
“Estamos de pie y trabajando. Con más horas para compartir como pareja todos los días, en casa y atendiendo el negocio o pensando juntos como mejorarlo todos los días. Y se lo tenemos que agradecer a las personas que nombramos, pero también a los muchos amigos y amigas que siempre nos dieron su respaldo, y eso significa algo muy v para nosotros” señalan Flavia Burgener y Hernán Heisser.