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Charlando con la madre de un narcotraficante esperancino

El narcotráfico te mata cada vez más joven.
Dicen los expertos que una mujer que ejerce la prostitución tiene un promedio de vida de 35 años.
Los narcotraficantes también mueren con un promedio joven y que cada vez es más corto.
Sucede en México, en Colombia, en la Argentina y en Esperanza también.
No es cierto que el crimen no paga. Hay personas que se han hecho millonarios con el delito. El criminal gana mucho dinero. Pero en un enorme porcentaje, lo paga muy caro. Con la cárcel o con la muerte. Le cuesta su libertad o su vida. Los dos dones humanos más importante para una persona.

La nota
Una cobertura periodística sobre un caso de narcotráfico en la ciudad. En realidad más que narcotráfico, se denomina narcodelito. El segundo grado en la escala del narcotráfico.
La palabra narcotraficante está destinada periodísticamente a los «popes» de este comercio subterráneo y sub humano. El acopiador y vendedor fue preso junto con su pareja, con allanamiento en el Barrio Norte.
La cobertura periodística habitual para cualquier cronista de la ciudad, en este caso, en el diario, no sólo hablaba del oscuro y vil negocio local, sino del daño social. Del infierno familiar que desataba el consumo de drogas.

La madre
Uno de los periodistas dormía junto a su esposa. Eran las cinco de la mañana. Lo hacía como lo hacen todos los periodistas, toda su vida, con el teléfono debajo de la almohada.
El llamado rompió la oscuridad de la habitación. Del otro lado surgió una voz de mujer mayor, dolorida.
-¿Porqué tanto odio suyo contra mi hijo? dice la mujer y llora. Y el llanto se hace en un instante posterior en una catarata de insultos.
Es normal para un periodista que hace policiales.
Tratando de salir del sueño que es el más pesado biológicamente a esa hora especialmente, el periodista trata de entender quién está del otro lado y se limita a escuchar, mientras su esposa se tapa la cabeza con la almohada, rezongando.
Hasta que la mujer se identifica.
– Soy la madre de X.
Y defiende la honra de su niño, aunque sea ya uno de los narcovendedores más famosos de la historia de la ciudad, vinculado a mujeres narcos también. Mujeres que conocieron  la cárcel.
Las llamadas se repitieron. Incluidos los domingos. Entre las 5 y las 6 de la mañana, todos los dias se repetían como una ceremonia civilmente sagrada. Fue una semana, dos, mes, meses.
Su hijo nunca dejó de construir su propio camino y un día cayó bañado en sangre en una calle del Barrio Sur. Muy cerca de un reconocido barrialmente bunker de drogas. Otro consumidor y narcovendedor desclasado lo asesinó de un disparo de arma de fuego.
La madre, con su corazón destrozado nunca dejó de llamar al periodista en ese horario incómodo.
Ella seguramente dormía muy poco, tal vez acosada por lo que su corazón de madre nunca podría comprender. Para una madre, un hijo, siempre es un hijo.
Piedad, bondad, amor, tolerancia, Dios, fueron palabras que se hicieron comunes en la charla entre el periodista y la madre del narco en las madrugadas, en conversaciones que podía durar hasta una hora, o dos. Sólo ellos dos sabían. Ni siquiera la esposa del periodista, que respetaba su trabajo y sus extrañas circunstancias, tan anormales seguramente en otros matrimonios.
Si hasta llegó un día maravilloso e inolvidable en que rezaron juntos.
La misma madre que un día llamara a la redacción, para mediante engaño, conseguir el teléfono del periodista, con toda la rabia propia de una mujer y madre que jamás dejará de amar a un hijo.
Los meses pasaron y a la hora señalada el llamado siempre se producía cuando el sol estaba a punto de florecer en la ciudad.
Hasta que un día el teléfono no sonó más. La esposa del periodista bendijo al cielo por ese acto de piedad.
Pero al periodista le llamó la atención ese silencio. Y cuando llegó a la redacción, toda la mañana, ese silencio resonaba en su cabeza y le llegaba al corazón. Y le sorprendía que eso sucediera a pesar que nunca la conoció ni tuvo un rostro real frente a él. Por la tarde salió el diario. Una mujer había fallecido, decía el obituario. No le significó nada.
Hasta que escuchó la charla entre sus colegas en la sala de redacción.
– Si, esa mujer es la madre de X. Su marido murió de la misma manera, por mano propia, pobre mujer, eran buenas personas.
Fue un golpe. El periodista guardó un silencio piadoso y le pidió a Dios que esta vez no hubiera infierno, sino el cielo lleno de paz, la que toda su vida había buscado. Y lloró en silencio.
Y recordó en ese día las palabras del maestro y director del Diario, cuando de joven ingresó a su nuevo trabajo, cargado de entusiasmo y con toda su ignorancia: «Cuando escribas sobre un delincuente, recordá que todos tienen una madre, sé prudente, sé piadoso».

Daniel Frank

 

Fotografía a modo de ilustración.

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