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sábado, mayo 28, 2022
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El día que toda la ciudad lloró

Era domingo, temprano, la foto con su sonrisa apareció en la pantalla de la computadora. El domingo para miles de periodistas en Argentina es jornada laboral. Uno de los días de mayor trabajo, especialmente para los diarios. Es parte de la vida normal de cualquier periodista de diario.

La imagen se repetía en las redes sociales. La desesperación ganaba intensidad en cada minuto que moría.
El periodista toma la foto en su teléfono y va hasta la fuente, la comisaría primera. Necesita saber antes de escribir la noticia en el diario de internet. Chequeo de rutina.
No hay denuncia cuando entra y hay denuncia cuando sale, porque en ese mismo instante, su familia ingresa a la sede policial. Confirmado. El Colono del Oeste en internet dirá.

“#URGENTE
PEDIDO DE PARDERO
ELLA ES AGUSTINA INVINKELRIED HIJA DEL PRESIDENTE DEL CLUB UNIÓN DE LA CIUDAD DE ESPERANZA
LA JOVEN HABIA IDO A BAILAR A TEOS Y NO VOLVIÓ A SU HOGAR.
CUALQUIER DATO COMUNICAR A LA CENTRAL DE EMERGENCIAS 911 O AL 03496xxxxxx”.

La noche cae. Un dato cierto. El teléfono de Agustina dio una marca. Alli hay un gentío, en el Este de la ciudad, cerca de Ruta 6. Los bomberos buscan, los policías no descansan, buscan por los pastizales y por los techos. La noche es un infierno. Entre la gran masa de gente que se renueva, está su familia, con la angustia tatuada en el rostro. Padre, madre, hermanos.
Para los periodistas del diario ya no hay noche ni día, nadie duerme.
En la mañana del lunes, Agustina se ha vuelto la hija, la nieta, la hermana, la sobrina de todos los esperancinos. Todos buscan, ayudan, colaboran y rezan.
Hay un video en una empresa de ventas de combustibles cerca de Teos. El mismo, mostrará para la eternidad los últimos minutos de la jovencita estudiante del secundario del Secretariado.
Una noticia conmueve a la ciudad. La policía llega hasta la identidad de quien sería el criminal. Va a su casa. El se suicida. Se trata del hermano de un funcionario municipal, a quien también le partió en dos la vida y termina con una renuncia a su cargo, pleno de dolor y de tristeza, como un acto humano de pedido de perdón, de una culpa que no le era propia, pero que a toda esa familia esperancina les golpea en el alma.
En esa mañana llegan los perros rastreadores. Cada uno con su bombero. Los de aire y los de tierra, de Franck y de San Carlos Centro.
Están dentro de la casa en una esquina de Barrios Unidos. Cerca. A pasos de la vivienda de la amiga de Agustina, donde ella fue a pasar el fin de semana con su mochila y su ropa para salir a bailar a Teos.
Son tres perros que salen al patio. Y luego a la vereda. Buscan el rastro de Agustina. El periodista mira desde enfrente, y elige a uno que lleva con una correa un bombero de San Carlos Centro.
El teléfono suena, son colegas que llaman desde otras ciudades y otras provincias para saber. Mientras camina detrás del perro y del bombero el periodista está al aire con sus colegas de Radio Rafaela.
El perro casi corre, va hacia la Avenida y calle América, hacia el sur. Toma el callejón de tierra siempre hacia el sur. Hay un puesto policial y una cinta amarilla desde temprano. Los medios regionales, provinciales y nacionales está clavados allí. Agustina está en todos los diarios, sitios web, televisión, radios y medios del país.
El bombero y el perro pasan. El periodista no puede, es detenido por la policía apostada. Poco a poco llega una multitud de gente. Todos tienen caras de dolor y de angustia.
A unos 400 metros, en una esquina del camino que cruza a la calle América y que baja de la Ruta Provincial Nº 6, el perro se detiene. Apenas en minutos ha descubierto la verdad.
Hay tres datos que le dicen al periodista que Agustina está allí.
Primero, pasan por el puesto policial la jueza, una funcinaria del área de la mujer de Santa Fe y dos mujeres policias de alto rango.
Segundo, llega una ambulancia con personal médico y los bomberos y sus perros se retiran.
Tercero, todos los caminos para llegar al lugar están cerrados por la guardia policial.
Luego se sabrá oficialmente la verdad. Y la ciudad rompe en llantos.
Era un vecino de su amiga. En tres minutos estaría durmiendo seguro pensó ella al momento de subir al automóvil.

Agustina luchó hasta el final para no ser vejada en esa madrugada horrorosa. El acto criminal se llevó su vida, la arrancó de su familia, de sus seres queridos, de sus amigos, de su escuela y de la ciudad.
Uno a uno los periodistas se fueron. Atraídos por otras noticias se apagaron las radios, los sitios de internet, la televisión, los diarios reflejaron otros sucesos del momento. Mientras, el tormento se extendió en la ciudad. En su velatorio, en el templo, en la necrópolis local.
La plaza San Martin reventó de gente. Feministas quisieron tomar el hecho por mano propia, la gente no las dejó. La sociedad estaba herida, sangrante, partida al medio. Y quería solamente decirle éso a la familia de Agustina. Estar con ellos, abrazarlos.
Y hacer una oración para que Dios la reciba en su mano piadosa y llena de amor.
Ese día, a todos se les murió una hija, nos arrancaron una hermana menor, una sobrina, una amiga.
Porque desde ese día, hace tres años, Agustina es la hija de Esperanza. Un rayo de luz que nos ilumina desdelo alto.
La sociedad esperancina fue una sola vela encendida, vistiendo el luto. Fue una experencia que luego de tres años todavía sacude las fibras más íntimas de cualquiera que haya estado allí.
El periodista retorna a la redacción. Corre la silla de la computadora y se sienta frente a la pantalla. Está solo.
¿Cuántas crónicas sobre crímenes, abusos de niños, narcotráfico, asaltos, violencia infantil ha escrito durante casi 30 años de profesión? Centenares, miles.
Con la mano izquierda se seca las lágrimas. Respira profundo. Pone sus dos manos en el tablero. Y piensa la crónica para el diario de papel.

Las teclas retumban en la soledad de la noche de la redacción. Se pone a trabajar mirando la pantalla sin pestañear, mientras lanza un insulto al aire que resuena en todas las paredes de la redacción.
Al fin de cuentas los periodistas son profesionales. Los periodistas nunca lloran.
                                        Daniel Frank